A Don Quijote le dio por tratar de defender causas justas, o sea, causas perdidas. Cuando Don Quijote salió a pelear por causas perdidas, todos pensaron que se trataba de un loco. Todos salvo Sancho. Como Don Quijote era visto como un loco, las personas entendieron por qué le había dado por resolver causas perdidas. Mi trabajo consiste en defender a los Quijotes del mundo. Para tratar de proteger y luchar por los Quijotes, decidí salir al cruel escenario del mundo y me hice psiquiatra, que es algo así como tratar de pelear por causas doblemente perdidas. Los psiquiatras somos defensores de Quijotes; por eso hay quienes piensan que también estamos locos. Sin embargo, existen Sanchos que creen ciegamente en nosotros.
Sancho Panza era un hombre ignorante que creía en Don Quijote. La locura de Don Quijote le dio vida a Sancho y lentamente lo fue transformando en un hombre mejor. Podríamos decir que Sancho era un iluso que se fue volviendo sabio. Tan intensa es la fuerza de la locura.
En el mundo (siempre escenario cruel), se nos castiga por volar. La fantasía (prima segunda de la locura) y la poesía (hermana mayor de la locura) muchas veces son perseguidas y hasta exterminadas. Con la fantasía, a veces se comete el temerario acto de acallarla por algún tiempo. Pero contra la poesía nadie puede. Ella (mujer al fin), se las ingenia para terminar siempre saliéndose con la suya. Resurge de la nada tantas veces como número de afrentas se comentan en su contra. Inevitablemente termina siempre saliendo airosa. Único repelente universal contra la muerte, suele salir de paseo con frecuencia, tomada de la mano de su muy querida hermanita, la traviesa locura.
Lo que la poesía ignora (o tal vez se hace la loca), es que la locura a veces se desdobla y se convierte en un espantoso monstruo de mil cabezas, que trae el sufrimiento y la amargura. Es aquí donde hace su aparición el psiquiatra. No podría ser más ambiciosa su labor: Tratar de hacer que el monstruo de mil cabezas vuelva a ser la traviesa hermanita de la poesía. Un viejo escudo de gran valor artístico hace juego con sus escasos, pero poderosos instrumentos de trabajo. Una linterna con seis pilas, un grueso libro sacado de un santuario llamado biblioteca científica, un puñado de cápsulas, alguna que otra inyectadora y una paradójica y mágica capa con la cual le es posible 'desaparecer sin dejar de ser visto', irrumpiendo entre los alborozos de la locura, con las palabras exactas, calculadas siempre con muy precisos cuentagotas.
Como toda batalla condenada a perpetuarse hasta el infinito, los resultados de tan ardua lucha van apareciendo en forma esporádica. Algunos días son de gloria y en otros, el negro luce más claro. El psiquiatra debe esperar siempre el traicionero ataque del peor de sus enemigos: La ignorancia que vulgarmente todo lo inunda. Temible reptil que se arrastra, y ante el cual debemos permanecer siempre vigilantes. Ningún grado de crueldad es mayor, que aquel que se comete por ignorancia, en este campo de batallas en donde tantos antecesores han sido vencidos.
Enrevesado trabajo este, el de andar de la mano con Don Quijote. Es mi vida, y no concibo otra manera de vivir.
(Tomado del libro de mi autoría La creación del rosado, 2006)




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